Volvía a casa entre disparos y engañadas multitudes ciegas en su tormenta, amado pueblo mío. Qué trágico, qué duro, qué cruel nuestro destino de arar sobre el mar y que la luz te enlute. Desasosiego físico, que podía palpar como un dolor de muelas en el alma, me saturaba el cuerpo: zozobra que era náusea, entre certeza y duda de tu verdad mañana. Yo soy mi pueblo ciego con los ojos abiertos. Mi pueblo luminoso embarrado de sombra. La realidad y el sueño, la raíz y el lucero. La guitarra que siembra la semilla del alba. Por igual me dolían la bala y el herido. Tu día levantaba sus blancas torres altas lúcidas de esplendor, oh recio pueblo mío, si tu noche invadíame con pirámides truncas. Sólo soy la guitarra que canta con su pueblo. Aliento de su barro mi voz suya.


En algún lugar tiene que haber un rayo de luz que disipe las tinieblas del futuro una esperanza que no se deje matar por el desencanto y una fe que no pierda inmediatamente la fe en si misma En algún lugar tiene que haber un niño inocente al que los demonios no han conquistado aún un frescor de vida que no espire putrefacción y una felicidad que no se base en las desgracias de los demás. En algún lugar tiene que haber un despertador de la sensatez que avise el peligro de los juegos autoaniquiladores una gravedad que se atreva a tomarse en serio y una bondad cuya raíz no sea simplemente maldad frenada. En algún lugar tiene que haber una belleza que siga siendo belleza una conciencia pura que no oculte un crimen apartado tiene que haber un amor a la vida que no hable con lengua equívoca y una libertad que no se base en la opresión de los demás.
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Puedo daros palabras que no tienen significado vivo en vuestro oído, palabras sin semilla y sin consuelo que den calor y tono a vuestra vida; palabras, no cuchillos para el nudo hecho de hambres y de miedos que os amarga sin dejaros volar ni estar en claro dando a cada pregunta su respuesta; palabras, no barrenos que os alumbren, desgarrándoos, la luz que lleváis presa bajo un montón de siglos de injusticia, la luz de la libertad que nos puso para hacernos distintos de las bestias; palabras, no caminos para el paso por donde yo quiero que el hombre vaya a encontrarse consigo en paz consciente siendo el hombre sagrado para el hombre


cuando mis huesos se hayan esparcido bajo la tierra madre; cuando de ti no quede sino una rosa blanca que se nutrió de aquello que tú fuiste y haya zarpado ya con mil brisas distintas el aliento del beso que hoy bebemos; cuando ya nuestros nombres sean sonido sin eco dormidos en la sombra de un olvido insondable; tú seguirás viviendo en la belleza de la rosa, como yo en el follaje del árbol y nuestro amor en el murmullo de la brisa ¡Escúchame! Yo aspiro a que vivamos en las vibrantes voces de la mañana. Yo quiero perdurar junto contigo en la savia profunda de la humanidad: en la risa del niño, en la paz de los hombres. en el amor sin lágrimas. Por eso, como habremos de darnos a la rosa y al árbol, a la tierra y al viento, te pido que nos demos al futuro del mundo...